Creo definitivamente que la belleza se encuentra en las cosas con significado, que la profundidad discursiva exalta el plano intelectual y espiritual.
Diría que mi proceso de trabajo se resume a dos grandes etapas: primero, una intuitiva, en donde presento una opinión en forma de palabras o sentimientos, y luego una etapa más fría y racional, que consiste en encontrar la metáfora que materialice mi propia intuición.
Utilizo el collage, mi herramienta más cotidiana, no sólo como una herramienta estética, sino también conceptual, me brinda precisión y mecanismos flexibles a la hora de definir la retórica de mis obras. Cruzo símbolos que, sumados, generan nuevos monstruos icónicos.
Pienso que puede ser peligroso, aunque cómodo, volverse adicto a un solo mecanismo de discurso, de acción conceptual. Uno alcanza seguridad y previsibilidad, pero pierde la posibilidad de los accidentes, de la improvisación con sorpresas conceptuales. Por suerte, no hay un manual, una hoja de ruta en esto. Soy de la idea que debemos mantener la intuición dentro del plano invisible.
Considero, que la herramienta estética debe supeditarse en todos los casos a la idea, a lo que uno necesite decir. La ecuación inversa genera distorsiones e interferencias innecesarias.
Supongo que mi intención es bastante clara, y es la de reflotar al autor como generador de ideas, una fuete de creatividad y no sólo un técnico habilidoso de la sintaxis.
Creo en la relación física de un artista con sus instrumentos, sean éstos pinceles, tijeras o lápices. Y la computadora, en ese marco, representa sólo una más. Cuando se habla de herramientas, deberíamos entender que ninguna tendría que pesar más que el pensamiento.
Podría decir que la ilustración, el arte conceptual que desarrollo, es algo que de alguna manera venía conmigo, y que es algo con lo que me siento satisfecho y cómodo. Es como un lenguaje que sólo tuve que recordar.
Todo comienza en la etapa del lápiz, que nunca esquivo. Es la forma más efectiva y sincera de encontrarse con las ideas, de experimentar y probar, de proyectar. Dedico la mayor parte del tiempo a éste punto en particular. Stravinsky decía que el contacto del lápiz y el papel era una forma de que las ideas hicieran “masa” con el mundo terrenal. Creo eso firmemente.
La ilustración es una disciplina con muchas aristas, múltiples formas de progresar. Mi deseo es hacer consciente que con ésta profesión estamos realmente formando opinión, y que estamos ayudando a simplificar la expresión de ciertos conceptos a los que muchas veces la palabra no llega, al menos en la forma en que lo hace la imagen.
La imagen materializa. Pienso que los ilustradores, los artistas, son artefactos culturales, pequeños engranajes que conforman la identidad de cada país, de cada cultura.
Inventamos las cosas que creemos merecen la pena existir. Y si esas cosas son genuinas, haremos lo imposible para que perduren.
Un libro ofrece la oportunidad de despertar el apetito, de leer más, de seguir buscando. El libro esquiva el rol pasivo que nos brindan otros formatos, como la TV, la paystation, etc), y se conecta directamente con nuestra imaginación. Tiene que ser nutritivo, y a la vez entretenido, fluído. Pero debe demostrar que es una herramienta amigable, en donde las neuronas pueden ejercitarse sin sufrir.
Alguna vez dije que estoy haciendo los libros que no encontré cuando era niño, que me estoy regalando libros en diferido. Creo que la forma más honesta y directa de escribir es dedicando las historias al niño que fuimos, y en buscar socios que compartan esa pasión, almas afines. Sería imposible escribir para todo el mundo, al menos yo no puedo hacerlo, ni quiero.